Aquello me dejó quieto.
Porque a veces uno piensa que perdonar es hacerle un favor al otro.
Y muchas veces es soltar una piedra que ya pesaba demasiado.
Teresa asintió.
—Lo entiendo.
Lucía, que hasta entonces no había hablado, abrió su carpeta.
Sacó un dibujo nuevo.
Lo dejó sobre el mostrador.
—Este es para la panadería.
En el dibujo se veía la misma escena de antes.
El mostrador.
La campanita.
Yo con mi delantal enorme.
Miguel con su bolsa.
Pero ahora había más gente.
Una señora mayor comprando pan.
Un niño mirando dulces.
Una mujer con abrigo claro esperando en la fila.
Y todos estaban en la misma línea.
Sin fila aparte.
Arriba, con letra más cuidada que la vez anterior, decía:
“Todos caben cuando hay respeto.”
Nadie habló durante unos segundos.
Ni Teresa.
Ni Miguel.
Ni yo.
Al final fui yo quien tuvo que apartarse un poco.