Otra vez.
A mis 58 años, una niña de nueve me estaba enseñando a resumir el mundo mejor que muchos adultos.
—Lucía —dije, aclarando la voz—, creo que este también va al mostrador.
Ella sonrió.
—Pero tiene que estar al lado del otro.
—Por supuesto.
Teresa miró el dibujo.
—Es precioso.
Lucía la observó con cautela.
—Mi papá dice que todos se pueden equivocar si luego lo arreglan bien.
Miguel se puso rojo.
—Lucía…
—¿Qué? Tú lo dijiste.
Teresa soltó una risa pequeña, pero se le escapó una lágrima.
Yo pegué el segundo dibujo al lado del primero.
Desde aquel día, los dos papeles quedaron allí.
Uno decía que el pan sabía a casa.
El otro decía que todos cabían cuando había respeto.
Y algo cambió en la panadería.
No de forma enorme.
No salí en ningún sitio.