—Le hizo mucha ilusión saber que lo había puesto —murmuró.
—Se lo ganó —le dije.
Miguel bajó la mirada, como si no estuviera acostumbrado a escuchar cosas buenas sobre lo suyo.
—Se llama Lucía —dijo entonces—. Tiene nueve años.
Aquella fue la primera vez que me contó algo de ella.
Nueve años.
La edad en la que uno todavía cree que los adultos pueden arreglarlo casi todo.
La edad en la que un dibujo no es solo un dibujo, sino una forma de decir: “Esto me importa”.
—Pues dile a Lucía que aquí tiene sitio cuando quiera venir —le respondí.
Miguel apretó la bolsa de papel entre las manos.
—Le da vergüenza.
—Entonces dile que las mejores personas que he conocido casi siempre entraron con vergüenza.
No contestó.
Pero sonrió.
Otra de esas sonrisas pequeñas suyas.
Pasaron los días.