En la panadería, el dibujo empezó a hacer algo curioso.
No era grande.
No tenía colores perfectos.
Yo salía con unos brazos demasiado largos y la campanita parecía una lámpara.
Pero la gente lo miraba.
Algunos sonreían.
Otros se quedaban callados.
Una señora mayor, de esas que compran una barra pequeña y preguntan por todo el barrio, se acercó un día al mostrador y me dijo:
—Andrés, ese dibujo calienta más que la cafetera.
Me reí.
Pero tenía razón.
Había algo en aquellas letras torcidas que cambiaba el aire del local.
“Aquí el pan sabe a casa.”
No decía “el pan está bueno”.
No decía “la empanada está rica”.
Decía casa.
Y para alguien que lleva toda la vida abriendo una puerta a las seis de la mañana, esa palabra pesa mucho.