Un sábado, casi al cerrar, Miguel apareció con Lucía.
La niña entró pegada a su padre, como si quisiera esconderse detrás de él.
Era menudita, con el pelo castaño recogido de cualquier manera y una mochila rosa que ya había visto mejores días.
Llevaba unos zapatos limpios, pero algo gastados en la punta.
Tenía los ojos grandes.
De esos ojos que observan antes de confiar.
—Buenos días —dijo bajito, aunque ya eran casi las dos.
—Buenos días, artista —le respondí.
Se puso roja al instante.
Miguel se aclaró la garganta.
—Quería verlo.
Yo no tuve que preguntar qué.
Salí de detrás del mostrador y señalé el dibujo.
—Está en el mejor sitio de la panadería.
Lucía lo miró.
Después me miró a mí.
—Le hice el delantal muy grande.
—Me favorece —le dije serio.