El Panadero Que Defendió La Dignidad De Un Albañil Y Cambió Un Barrio

La niña soltó una risa pequeña.

Miguel también.

Y juro que, por un momento, la panadería se llenó de algo que no venía del horno.

Les preparé dos porciones de empanada.

Miguel quiso pagar las dos, como siempre.

—Hoy pago yo una —dije.

Él frunció el ceño.

—Andrés…

—No empieces. No es regalo. Es inauguración de artista.

Lucía miró a su padre, esperando permiso.

Miguel suspiró, vencido.

—Vale. Pero solo hoy.

—Solo hoy —mentí.

Se sentaron en una mesa pequeña junto a la ventana.

No suelo tener mesas.

Mi panadería es más de entrar, comprar y marcharse.

Pero tengo una, vieja, con dos sillas, para quien necesita tomar un café sin prisa.

Lucía comía despacio.

Primero miraba la empanada.

Luego a su padre.

Luego el dibujo.

Como si estuviera comprobando que todo aquello era real.

Antes de irse, se acercó al mostrador.

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