El Panadero Que Defendió La Dignidad De Un Albañil Y Cambió Un Barrio

—Señor Andrés…

—Andrés está bien.

—¿Puedo hacer otro dibujo?

—Puedes hacer todos los que quieras.

La niña sonrió.

Y en esa sonrisa vi algo que me dejó pensando toda la tarde.

A veces los niños no necesitan grandes discursos.

Necesitan un adulto que reciba lo que traen en las manos y no lo haga sentir pequeño.

El lunes siguiente, Miguel no vino.

Pensé que estaría en otra obra.

El martes tampoco.

El miércoles miré la puerta demasiadas veces.

La campanita sonaba con otros clientes, pero no era él.

Uno aprende las rutinas de la gente sin darse cuenta.

La señora que compra pan sin sal.

El chico que siempre llega tarde y pide café para llevar.

El jubilado que finge que solo viene por una magdalena, pero se queda hablando veinte minutos.

Y Miguel.

Miguel a las ocho y diez.

Dos porciones.

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