Monedas exactas.
Buenos días, Andrés.
El jueves, cuando ya estaba limpiando la bandeja de empanadas, entró Lucía.
Sola.
Traía la mochila colgada de un hombro y el pelo más despeinado que el sábado.
Me preocupé al verla.
—Lucía, ¿todo bien?
Ella se quedó en la puerta, apretando las manos.
—Mi papá dice que no puede venir.
Sentí un golpe en el pecho.
—¿Le ha pasado algo?
—Se cayó en la obra. No fue grave, pero tiene el pie mal. Dice que en unos días vuelve.
Respiré un poco más tranquilo.
—¿Y tú has venido hasta aquí sola?
—Vivo cerca. Mi vecina me acompañó hasta la esquina.
Miré por la ventana y vi a una mujer mayor al otro lado de la calle, esperando con una bolsa de la compra.
Lucía sacó unas monedas del bolsillo.
—Mi papá me dijo que comprara una porción. Solo una. Que no gastara más.