Yo la miré.
Tenía la misma dignidad de su padre.
Esa forma de pedir sin pedir nada.
Preparé una bolsa.
Metí dos porciones.
Luego añadí una barra pequeña de pan.
Lucía abrió mucho los ojos.
—No tengo para todo.
—Lo sé.
—Mi papá se va a enfadar.
—Entonces dile que una porción es para ti, otra para él, y el pan es porque hoy hice de más.
—¿Es verdad?
Miré las estanterías.
Quedaban barras, sí.
Pero no tantas.
—En una panadería siempre se hace de más para alguien —le dije.
No pareció del todo convencida, pero agarró la bolsa con cuidado.
Antes de salir, miró el dibujo.
—Le voy a hacer otro.
—Me encantará verlo.
Esa noche cerré más tarde.
No porque hubiera mucho trabajo.
Sino porque me quedé mirando la puerta.
Pensé en Miguel.
En su orgullo.
En su forma de no molestar.