Lenta.
Pesada.
Fonseca comprendió entonces el verdadero significado del mensaje.
“AHORA YA SABEN DÓNDE ESTÁ LA PUERTA.”
No hablaba de la puerta del convento.
Hablaba de aquella.
La puerta que había permanecido cerrada durante más de cien años.
La superiora levantó una pequeña cruz.
—Cuando María Inés desapareció por primera vez, prometió regresar.
—¿Y regresó?
—Sí.
—¿Dónde está ahora?
La superiora lo miró directamente.
—Detrás de usted.
Fonseca se giró.
María Inés estaba allí.
Pero ya no parecía una joven monja.
Su rostro cambiaba.
Por momentos era joven.Después anciano.
Después volvía a ser joven.
Su piel parecía moverse como agua.
Y sus ojos eran completamente negros.
Camilo cayó al suelo.
María Inés sonrió.
—Doctor Fonseca…
Su voz era exactamente la misma que había escuchado por teléfono.
—Le dije que no realizara la autopsia.