El secreto en el pasillo de servicio: lo que ocultaba la toalla

—Elena, cariño… ¿estás despierta? Te traje una infusión de menta para el malestar. Abre la puerta.

El terror me paralizó en una esquina de la cama. Sabía perfectamente lo que contenía esa taza.

Antes de que pudiera inventar una excusa, un estruendo ensordecedor sacudió la entrada principal de la mansión. Las sirenas de cuatro patrullas federales rompieron el silencio del valle, iluminando los ventanales con ráfagas azules y rojas.

Héctor soltó la taza de porcelana, que se hizo añicos contra el parquet, y corrió hacia el despacho posterior. Pero no llegó lejos: Julián y tres agentes del equipo táctico irrumpieron en el pasillo con armas en alto, inmovilizándolo contra el suelo antes de que pudiera destruir los archivos de su caja fuerte.

Los paramédicos entraron de inmediato a la habitación para administrarme el tratamiento quelante contra el veneno. Mientras me subían a la ambulancia en una camilla, vi a Héctor ser escoltado en esposas hacia una patrulla, despojado de su fortuna ficticia y con el rostro descompuesto al ver a su «chef privado» mostrando su placa oficial ante las cámaras de los peritos forenses.

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