El secreto en el pasillo de servicio: lo que ocultaba la toalla

—¿Qué hacemos? —pregunté, sintiendo que las piernas me flaqueaban.

—Entrégame la toalla con los viales —me ordenó con serenidad—. Mi compañera está apostada en la caseta de vigilancia exterior esperando la confirmación de la cadena de custodia. En cuanto entregue la muestra, la orden de allanamiento federal entra en vigor. Tú vas a regresar despacio a la cama y cerrar con cerrojo. No tomes ni una gota de agua del grifo.

Le entregué el bulto. Por una fracción de segundo, antes de separarse, Julián me sostuvo firmemente por los hombros para estabilizar mi equilibrio:

—Resiste veinte minutos, Elena. La pesadilla se termina esta noche.

(Continúa leyendo en la siguiente página)

Apenas alcancé a entrar a la habitación y asegurar la cerradura cuando el sonido de pasos pesados resonó en el piso superior.

Héctor bajaba las escaleras con su habitual paso pausado y soberbio. Lo escuché detenerse frente a la puerta del dormitorio de invitados. Giró el pomo despacio, intentando abrirla sin llamar la atención. Al notar el pestillo echado, tocó suavemente con los nudillos:

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