—La familia de Mariana, la primera esposa de Héctor, no aceptó el dictamen del médico forense privado —explicó Julián en un susurro apresurado—. Sabían que ella planeaba solicitar el divorcio y auditar los fideicomisos familiares antes de enfermar de golpe. Logré infiltrarme en la plantilla de eventos cuando despidieron al anterior mayordomo. Héctor no manipula los frascos en la cocina; sabe que allí hay cámaras. Usa los baños de paso de la planta baja para dosificar el talio en las bebidas antes de que suban a las bandejas.
El aire me quemó los pulmones al comprender la verdad: Héctor no me amaba. Yo era simplemente la segunda heredera con la que pretendía repetir el mismo libreto para saldar sus deudas corporativas mediante una póliza de viudez.
—Tienes síntomas de intoxicación aguda de primer grado —continuó Julián, mirándome las pupilas dilatadas—. El ardor en la boca y el temblor en las manos son la primera fase. Si te vas ahora en tu coche, no llegarás a la carretera; te desmayarás al volante por el colapso nervioso y Héctor alegará que fue un accidente automovilístico.