El secreto en el pasillo de servicio: lo que ocultaba la toalla

Julián no se apartó. En lugar de eso, apretó su agarre con cuidado pero sin dejarme margen de escape. Sus ojos claros me recorrieron de arriba abajo, no con la lujuria de un amante furtivo, sino con la alarma clínica de un profesional que evalúa a un herido.

—Cállate y escúchame bien, Elena —dijo él, pegando su frente casi a la mía para que el sonido no viajara por el conducto de ventilación—. No soy cómplice de nadie. Si estoy en esta cocina no es para preparar cenas finas. Soy inspector de la división de homicidios encubierto. Y lo que llevas en esa toalla es la prueba que llevo seis meses buscando.

*(Continúa leyendo en la siguiente página)

La revelación cayó sobre mí como un balde de agua helada.

—¿Inspector? —balbuceé, aflojando los dedos sobre la tela.

Julián deslizó una mano con rapidez por el interior de su chaqueta blanca de chef. No sacó un arma ni un utensilio, sino una pequeña placa metálica dorada y un auricular de comunicación táctica camuflado como tapón auditivo.

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