El pánico me nubló la vista. La primera esposa de Héctor había fallecido dos años atrás en esa misma propiedad, diagnosticada oficialmente con un «fallo hepático fulminante de origen idiopático». Nadie cuestionó jamás el veredicto médico; Héctor era el principal benefactor del hospital regional y donaba millones a obras de caridad.
Envolví el frasco y las jeringas en la toalla más gruesa que encontré en el toallero, decidida a huir descalza por la puerta de servicio hacia mi vehículo para llevar las muestras a un laboratorio toxicológico independiente.
Y fue entonces cuando Julián me interceptó en el umbral.
—Suéltame, Julián —le exigí con la voz temblando de rabia, tratando de empujarlo sin soltar el bulto—. ¡Sé lo que le ponen a la comida! ¡Sé lo que me dieron esta noche! ¡Si eres cómplice de Héctor, júralo que te vas a hundir con él!