Pasé meses aprendiendo eso.
Podía extrañar a Daniel y, aun así, tener claro que no quería seguir casada con él.
Podía recordar los buenos momentos sin usarlos para borrar lo que había sucedido. Podía reconocer que él ayudaba a su madre porque le aterraba su situación económica, sin dejar de sostener que ese miedo no le daba derecho a utilizar mi parte del dinero a mis espaldas.
Podía comprenderlo.
Sin vuelta atrás.
Al final de aquel año, cuando llegó diciembre de nuevo, recibí un mensaje de mi exsuegra.
«Vamos a reunir a la familia para Año Nuevo. Estás invitada, si quieres venir».
Eso fue todo.
Sin pedirme que cocinara nada.
Sin menú de por medio.
Sin asomo de obligación alguna.
Mi respuesta:
«Gracias por la invitación. Ya tengo otros planes».
Daniel no escribió.
Yo tampoco.