El vuelo cancelado ocultaba un plan para vaciar nuestra cuenta.

El día 30, compré un billete a Guadalajara.

Esta vez, ella no era quien llevaba las riendas.

No tenía por qué ser así.

Elegí un vuelo por la mañana.

Pagué con mi propia tarjeta.

Guardé la confirmación en una carpeta digital.

La víspera del viaje, consulté la aplicación de la aerolínea.

La reserva estaba ahí.

Solo mi nombre.

Solo mi acceso.

Una decisión totalmente mía.

Al llegar a casa de mi padre, encontré la mesa puesta para tres.

«¿Quién viene?», pregunté.

Él señaló hacia la puerta.

Diego entró, cargando una sartén.

«¡Sorpresa!».

Mi hermano había logrado conseguir unos días libres.

Nos reímos, porque ninguno de los dos tenía mucha destreza para preparar una cena sofisticada.

Preparamos arroz.

Filete de ternera.

Ensalada.

Mi padre insistió en prepararme su sopa favorita; algo que me había prometido cocinar el año anterior.

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