Hija.
Mi mamá vio la palabra.
—¿Qué piensas?
—Que a veces una firma pesa demasiado.
Ella sonrió.
—Una cosa es firmar porque amas a alguien o quieres salvarlo. Otra es dejar que esa persona siga teniendo poder sobre tu vida.
Recordé inmediatamente aquella madrugada.
La hoja que firmé para que intubaran a Mauricio.
Durante meses Teresa había querido convertir esa firma en una prueba de que yo todavía debía perdonarlo.
Pero mi mamá tenía razón.
Firmar para salvar una vida no significa entregar la propia.
Cuatro meses después, en una segunda mediación, Mauricio aceptó el divorcio.
Al venderse nuestra casa y pagarse lo pendiente, recibí el sesenta por ciento del valor restante. Mauricio recibió el cuarenta.
Los créditos personales por 260,000 pesos quedaron bajo su responsabilidad porque pudimos demostrar que gran parte de ese dinero no se había destinado a necesidades de nuestro hogar.