Mauricio me miró desde el otro lado de la sala.
—Antes tú nunca habrías hecho algo así.
—Antes protegía tu imagen. Ahora necesito protegerme a mí y a nuestra hija.
La conciliación fracasó.
Pero algo cambió después.
Mauricio dejó de usar a Camila para mandarme mensajes.
Comenzó a recogerla los fines de semana acordados y a regresarla puntualmente.
Continuó en terapia.
Nunca le pregunté si lo hacía por mí.
Ya no era asunto mío.
Una tarde Camila llegó con una bolsa de naranjas.
—Papá dijo que son para la abuela Isabel.
Mi mamá miró la bolsa.
—¿Por qué?
—Dice que antes tomó dinero que era para tu operación y que está arrepentido.
Mi mamá no respondió.
Simplemente llevó las naranjas a la cocina.
Semanas después finalmente pudimos programar su cirugía de rodilla.
Cuando me entregaron el consentimiento médico, escribí en el espacio donde preguntaba mi relación con la paciente: