Mauricio permaneció en silencio.
Después firmó.
Al salir del edificio, Teresa estaba esperando junto a las escaleras.
Sostenía una pequeña bolsa de tela.
Sacó el anillo de matrimonio de Mauricio y me lo ofreció.
—Tú lo compraste. Llévatelo.
Negué con la cabeza.
—Se lo compré como regalo. Ya no me pertenece.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Mariana… yo todavía te considero mi nuera.
Era la primera vez en meses que volvía a llamarme así.
Abrí mi bolso.
Llevaba conmigo una copia de dos documentos.
El consentimiento médico de aquella madrugada.
Y el análisis donde aparecían el alcohol y los sedantes.
Se los entregué.
—Usted siempre me recordó que yo había firmado para salvarlo.
Señalé el primer documento.
—Y es verdad. Firmé porque había una vida en peligro y porque Camila no merecía perder a su papá.