Mateo estaba asfixiado. No tenía liquidez, Arturo lo presionaba con demandarlo por fraude y yo no iba a ceder ni un centavo. Don Roberto, mi suegro, tuvo que intervenir. Vendió su camión de carga, su única fuente de trabajo independiente, para ayudar a su hijo a juntar mi dinero y pagarle al señor Arturo. Fue un golpe devastador para su orgullo, pero era el precio de las mentiras de su hijo. Firmé los papeles del divorcio, tomé mi cheque y salí de ahí sintiendo que respiraba por primera vez en años.
Con ese dinero, di el enganche para un departamento pequeño y acogedor a diez minutos de la casa de mi mamá. Mi vida se convirtió en una rutina agotadora pero pacífica: despertaba a las 5:00 a.m., extraía leche, dejaba a Mía con mi madre, corría al trabajo, trabajaba ocho horas, y regresaba a criar a mi hija. Había noches en las que Mía lloraba con fiebre por las vacunas, y yo caminaba por la sala en la madrugada, con ojeras oscuras y la blusa manchada de leche, preguntándome si iba a sobrevivir. Pero al amanecer, veía su carita dormir plácidamente y sabía que cada sacrificio valía la pena, porque lo hacía bajo mis propias reglas y en mi propia paz.