—Es hermosa, Valeria… —susurró, con lágrimas en los ojos—. Quiero que volvamos a ser una familia.
—Ya somos una familia, Mateo. Mía y yo. Tú ya elegiste a la tuya hace mucho tiempo. Quiero el divorcio.
Tres semanas después, me enteré de que Doña Carmen había dado a luz a un niño, Santiago. Mi hija y su tío tenían menos de un mes de diferencia. Qué irónica es la vida.
El proceso de divorcio fue una carnicería emocional y financiera. Mateo se negaba a firmar. Quería quedarse con la casa argumentando que sus padres, con un recién nacido, no tenían a dónde ir. Mi abogada lo acorraló: el millón de pesos de mi madre era un bien propio comprobable, y la casa no podía venderse sin mi firma verdadera.
—Si quieres la casa para tus padres, tienes que comprar mi parte y pagarme el millón de pesos que me corresponde, más la mitad de la plusvalía, y asumir tú solo la deuda del crédito restante —le dije en la mesa de mediación—. Si no, ordenamos la venta judicial hoy mismo.