Durante las últimas semanas de mi embarazo, me negué a cruzar una sola palabra con Mateo que no fuera a través de mi abogada. Él intentaba llamarme, llorando, diciendo que estaba acorralado, que lo perdonara, que lo había hecho por la presión económica. Pero mis oídos ya estaban sordos a su manipulación. Había cruzado una línea imperdonable.
En la semana 38, los dolores comenzaron de madrugada. Mi madre me llevó al hospital. Mientras las contracciones me partían en dos, recordé la vez que estuve internada y él me dejó botada por ir a cuidar a su mamá. Apreté los dientes y le prohibí a mi madre que le avisara hasta que el bebé naciera. No necesitaba a un hombre a medias en el momento más vulnerable de mi vida.
Al mediodía, el llanto de mi hija Mía llenó la sala de partos. Cuando me la pusieron en el pecho, tan pequeña, calientita y frágil, lloré. Pero esta vez no era de tristeza, sino de una fuerza abrumadora. Mía me había dado el valor que me faltaba. Mateo apareció en el hospital hasta el día siguiente. Llegó con un peluche y cara de arrepentimiento. Lo miré con frialdad mientras cargaba a nuestra hija.