—Perdóname, Valeria… —susurró con la voz rota—. Te debo la disculpa más grande de mi vida.
No dije nada.
—Cuando te pedí el cuarto, cuando dejaba que te levantaras a cocinarme, cuando justificaba que Mateo te dejara sola… Fui una egoísta. Usé mi edad como excusa para abusar de ti. Creí que porque eras joven lo podías aguantar todo. Pero ahora… ahora que me toca vivirlo a mí, ahora que mi cuerpo ya no da más y mi propio hijo me deja botada porque le estorbo… me doy cuenta del monstruo que crié y del daño tan horrible que te hice. Perdóname, hija. Fui una pésima mujer contigo.
Miré a esa mujer rota y envejecida por las consecuencias de sus propios actos. Toda la rabia y el resentimiento que guardé por dos años se disiparon en el aire frío de ese hospital. Entendí que el castigo de Doña Carmen no se lo di yo, se lo estaba dando la vida y el hijo que ella misma malcrió.