Me acerqué a ella, instintivamente como madre. El niño hervía.
—Doña Carmen, tiene mucha fiebre y respira mal. Hay que llevarlo a urgencias —le dije.
Mateo me miró sorprendido de verme ahí. Le dijo a su madre que él no podía llevarlos porque perdería la venta, que pidiera un Uber. Ver la decepción absoluta en los ojos de esa mujer hacia su propio hijo fue abrumador. Sin pensarlo, subí a Mía al auto, ayudé a Doña Carmen a subir con Santiago y los llevé a la clínica más cercana.
Resultó ser una fuerte infección respiratoria. Mientras le ponían nebulizaciones al niño, Doña Carmen y yo nos sentamos en las frías bancas de metal del hospital. Le compré una botella de agua y se la di. Ella la tomó con las manos temblorosas. Rompió a llorar, un llanto silencioso pero cargado de años de arrepentimiento.