Estar embarazada al mismo tiempo que mi suegra me convirtió en su esclava personal. “Sírvele la cena en la cama o te largas sin un centavo”, me amenazó mi esposo. Lo miré fríamente, dejé el plato y me fui por 2 años. Hoy decidí volver a esa casa para entregar los papeles del divorcio, pero los desgarradores gritos que escuché al abrir el portón me paralizaron por completo…

Al cruzar el portón de madera, el panorama me golpeó. El negocio de Mateo estaba desmantelado; vendió los estantes y las camionetas de reparto para pagar sus deudas. Entré a la sala y me quedé de piedra. Doña Carmen estaba sentada en el suelo del comedor. Su cabello tenía canas visibles, su rostro estaba demacrado y tenía ojeras profundas. Sostenía en brazos a Santiago, quien lloraba a gritos, congestionado y ardiendo en fiebre. Con la otra mano, ella intentaba torpemente preparar un biberón.

Mateo salió del cuarto acomodándose la camisa.

—Mamá, atiende a Santi, ahorita vengo. Tengo que ir a ver a un cliente para un remate de muebles —dijo, sin siquiera acercarse al niño.

Doña Carmen se quedó paralizada con el biberón en la mano. La vi tragar saliva. La escena era un eco exacto del pasado, pero ahora la víctima de su machismo y egoísmo era su propia madre.

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