Estar embarazada al mismo tiempo que mi suegra me convirtió en su esclava personal. “Sírvele la cena en la cama o te largas sin un centavo”, me amenazó mi esposo. Lo miré fríamente, dejé el plato y me fui por 2 años. Hoy decidí volver a esa casa para entregar los papeles del divorcio, pero los desgarradores gritos que escuché al abrir el portón me paralizaron por completo…

—Amor, cámbiale el pañal a mi hermanito, ¿no? Y de paso ve a la cocina a hacernos algo de comer, mi mamá se siente mal.

Paola se detuvo en seco.

—¿Tú tienes las manos rotas o qué? ¿Quieres una esposa o estás buscando contratar a una sirvienta gratis para tu familia?

Mateo se ofendió, argumentando que en su casa las mujeres se apoyaban. Paola le regresó el anillo de compromiso ese mismo día y lo dejó. Le dijo una frase que resonó en la familia: “Yo valgo mucho para ser la chacha de un niño de mami”.

Esa ruptura destrozó el ego de Mateo. Por esos días, Don Roberto me llamó, sonaba cansado y enfermo. Me pidió, casi suplicando, ver a Mía. Acepté llevarla un domingo a la casa colonial en Puebla. Habían pasado casi dos años desde que salí de allí con mi maleta.

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