Eugenia tomó la pluma. Firmó sin temblar. Al llegar a la puerta, se giró y miró al director.
—Revisen lo que el Dr. Santillán le está inyectando. Solo revísenlo.
Salieron del hospital ese mismo mediodía. A Mateo se lo llevó la trabajadora social del orfanato en una camioneta vieja. El niño lloraba en silencio, pegando su manita al cristal empañado, despidiéndose de ella.
Eugenia llegó a su casa, tomó la bolsa de suero de su bolso y llamó a su mejor amiga, Lorena, química en un laboratorio privado.
—Lore, necesito que analices esto. Nadie puede saberlo.
Esa misma noche, el teléfono sonó. La voz de Lorena temblaba.
—Eugenia… si decías la verdad, firmarías tu sentencia de muerte, pero lo que descubrí al analizar esta bolsa nos obliga a llegar hasta las últimas consecuencias…
PARTE 3
—Eugenia, ¿estás sentada? —la voz de Lorena al otro lado de la línea era seca, profesional, desprovista de su calidez habitual—. En esta bolsa no hay vitaminas ni suero fisiológico. Hay una dosis altísima de un relajante muscular paralizante combinado con un sedante mayor. Nada de esto está en su expediente.