“Firma rápido para quedarnos con todo”, susurró el médico a la esposa del millonario paralizado. Yo, la enfermera, me di vuelta en silencio guardando el suero alterado. Ellos ignoraban que cada madrugada, un pequeño huérfano se colaba para tomarle la mano al paciente. Al devolverle el apretón al niño, el imperio de mentiras comenzó a derrumbarse.

—¡¿Qué significa esto?! —chilló Valeria, retrocediendo con asco como si hubiera visto una rata—. ¡¿De quién es este chamaco mugroso?! ¡Sáquenlo de aquí ahora mismo! ¡Qué asco, nos va a pegar una infección!

Mateo retrocedió asustado, apretando su brazo enyesado contra el pecho. Valeria, furiosa, exigió hablar con el director del hospital.

Minutos después, Eugenia estaba sentada en la lujosa oficina del director. El Dr. Santillán estaba de pie junto a la ventana, con una sonrisa cínica.

—Eugenia, dejar entrar a un niño de la calle a la habitación de un paciente en estado crítico es una negligencia imperdonable —dijo el director, deslizando una hoja en blanco sobre el escritorio—. Firma tu renuncia ahora mismo, o te despido con una mancha en tu expediente que te impedirá volver a trabajar en todo el país. Y al niño, le damos el alta hoy mismo. Que lo curen en su orfanato.

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