Eugenia ahogó un sollozo. Estaba ahí. Estaba vivo por dentro. Su mirada se desvió hacia el portasueros. El Dr. Santillán era el único que le ponía el suero intravenoso de la noche. Nunca dejaba que las enfermeras lo hicieran. Esa noche, por primera vez, Eugenia notó algo: Alejandro pasaba la noche como una piedra, pero hacia la madrugada, cuando la bolsa del suero llevaba horas vacía, empezaba a reaccionar.
Con las manos temblando, Eugenia se puso guantes, desconectó la bolsa vacía con el nombre “Alejandro Garza” escrito con marcador negro, y la escondió en el fondo de su bolso, debajo de sus cosméticos.
A la mañana siguiente, el caos estalló. Valeria llegó al hospital más temprano de lo habitual. Eugenia escuchó el grito desde el pasillo. Valeria, impecable con un traje sastre blanco, había encontrado a Mateo asomándose por la puerta de cristal del área VIP.