“Firma rápido para quedarnos con todo”, susurró el médico a la esposa del millonario paralizado. Yo, la enfermera, me di vuelta en silencio guardando el suero alterado. Ellos ignoraban que cada madrugada, un pequeño huérfano se colaba para tomarle la mano al paciente. Al devolverle el apretón al niño, el imperio de mentiras comenzó a derrumbarse.

Eugenia observaba desde el sofá de cuero en la esquina de la habitación.

—Primero tosía mucho, luego los vestidos le quedaban grandes —continuaba Mateo—. La trajeron a un hospital como este. Yo me sentaba así, y le agarraba la mano. Ella decía que si la agarraba, no sentía miedo. Luego se quedó dormida para siempre. Yo le seguía agarrando la mano, pero ella ya no me apretaba.

A la luz amarillenta de la lámpara, Eugenia vio lo imposible. Una lágrima espesa y solitaria resbaló por la sien de Alejandro, perdiéndose en la almohada. El hombre estaba llorando.

Cuando Mateo finalmente se quedó dormido con la mejilla apoyada en el colchón, Eugenia se acercó. Con cuidado, tomó la mano ardiente de Alejandro.

—Señor Garza, soy Eugenia, su enfermera. Si me escucha, apriete mi mano dos veces.

Pasaron los segundos. Solo se escuchaba la respiración pesada del hombre. Y entonces… un apretón débil. Una pausa. Y otro apretón.

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