Esa noche, el Dr. Santillán había dejado indicaciones estrictas de mantener la habitación VIP bajo llave. Pero Eugenia, movida por un instinto que no podía frenar, tomó la llave de repuesto de la estación de enfermería. Se escabulló hasta el cuarto de pediatría. Mateo no dormía. Estaba sentado en la penumbra, abrazando su bracito enyesado, esperando.
—Ven, vámonos —le susurró Eugenia. El niño se levantó de un salto, caminando en calcetines para no hacer ruido.
Al entrar a la suite VIP, el olor a desinfectante y a flores caras marchitas inundaba el aire. Mateo, con la naturalidad de quien llega a su propia casa, se trepó al banquito y tomó la mano de Alejandro.
—Ya vine otra vez —dijo el niño, bajando la voz—. Hoy te voy a contar cuando mi mamá se enfermó. No te asustes, fue hace mucho.