“Firma rápido para quedarnos con todo”, susurró el médico a la esposa del millonario paralizado. Yo, la enfermera, me di vuelta en silencio guardando el suero alterado. Ellos ignoraban que cada madrugada, un pequeño huérfano se colaba para tomarle la mano al paciente. Al devolverle el apretón al niño, el imperio de mentiras comenzó a derrumbarse.

—¿Y qué haremos con él? —preguntó Valeria, mientras el clic de su polvera de oro resonaba en el pasillo.

—A un hospicio privado en las afueras. Nadie hace preguntas ahí. Solo hay un problema… la enfermera del turno nocturno. Anda diciendo que le apretó la mano a un niño. Habla demasiado.

—Entonces, asegúrate de que esa gata no esté aquí para el lunes —respondió Valeria con el mismo tono con el que pediría que le cambiaran una copa de vino.

El sonido de los tacones alejándose resonó en la cabeza de Eugenia. Estaba atrapada. No podía creer lo que estaba a punto de pasar…

PARTE 2

El reloj marcaba las dos de la mañana. Eugenia sentía un nudo en el estómago que no la dejaba respirar. Las palabras de Valeria y el doctor Santillán resonaban en su mente como una alarma constante. Sabía que Alejandro Garza no era un vegetal; estaba consciente, prisionero en su propio cuerpo, escuchando cómo su propia esposa planeaba despojarlo de todo y enviarlo a morir al olvido. Y ella era la única que lo sabía.

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