Miles de personas vieron aquel video.
Algunas la defendieron.
Otras comenzaron a preguntar por qué una niña de dos años había terminado encerrada en un congelador.
Pero lo que más me indignó fue una frase:
—Los niños necesitan aprender que llorar no siempre consigue lo que quieren.
La repetí mirando a Lucía, acostada en su cama del hospital.
Todavía tenía los labios resecos. Una enfermera vigilaba sus signos vitales mientras Mariana le acariciaba el cabello.
Mi hija había estado a punto de perder la vida.
Y su abuela estaba preocupada por su reputación.
Aquella mañana llegó una trabajadora social del sistema de protección infantil.
Se llamaba Claudia.
Nos explicó que debían investigar lo sucedido, escuchar a Mateo y comprobar que ambos niños estuvieran seguros.
También nos informó que el abogado de Teresa había presentado una queja contra nosotros.