Tenía los ojos hinchados.
—Soy administradora del grupo privado de coordinadoras —explicó—. Anoche revisé las publicaciones antiguas.
Colocó cuarenta y tres páginas impresas sobre la mesa.
Cada hoja contenía mensajes, fechas y comentarios.
Las primeras publicaciones eran de febrero, cuando Teresa acababa de instalarse en nuestra casa.
“Primer día con Mateo. Se resistió a permanecer en el cuarto de servicio. Después comprendió que protestar no sirve.”
Pasé a la siguiente página.
“Tercer día: cuarenta minutos de silencio. Excelente progreso.”
La siguiente mencionaba a Lucía.
“La pequeña todavía llora demasiado. Necesita sesiones más prolongadas.”
Sentí que el estómago se me cerraba.
Durante meses, mi suegra había utilizado a mis hijos como ejemplos para sus cursos.
No eran sus primeros experimentos.
Había testimonios de otras madres que describían prácticas similares. Algunas preguntaban si era correcto encerrar a los niños cuando lloraban.