Un domingo encontré a Mateo sentado junto a su bicicleta roja.
Estaba intentando arreglar la campanita que se había roto el día que vino a buscarme.
Me senté a su lado.
—Campeón, necesito pedirte perdón.
Me miró sorprendido.
—¿Por qué, papá?
—Porque me contaste lo que hacía tu abuela y no te escuché.
Mateo bajó la mirada.
—Pensé que estabas enojado porque fui por la carretera.
—Me asustó muchísimo que tuvieras que hacerlo. Pero no estoy enojado contigo. Debí protegerlos antes de que llegaras a sentir que esa era tu única opción.
Mi hijo permaneció callado.
Después preguntó:
—¿Entonces sí me crees?
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
—Te creo, hijo. Debí creerte desde la primera vez. Y nunca más voy a ignorar algo que me digas solamente porque un adulto asegure que sabe más.
Mateo me observó atentamente.