Hasta que una noche volví a la cocina sin avisar, porque había olvidado un libro en la mesa, y lo encontré junto a la encimera con un frasquito oscuro en la mano. Estaba echando varias gotas de aquel líquido en mi bebida con un cuidado extraño, y en cuanto me vio guardó el frasco rápidamente en su bolsillo. «Daniel, ¿qué era eso?», le pregunté con el corazón acelerado. Sonrió con una calma que no llegó a sus ojos y respondió: «Solo un toque especial de sabor, mi vida». «Entonces, ¿por qué escondiste el frasco?», insistí, y su sonrisa se desvaneció un instante antes de que dijera: «Margarita, te preocupas por nada».
Noté su gesto nervioso y la forma en que evitó mirarme directamente, y de repente esa rutina que antes me hacía sentir amada ya no me pareció tan inocente. Desde hacía varias semanas me sentía muy cansada, incluso después de dormir toda la noche, y algunas mañanas me costaba concentrarme en la lectura. A veces olvidaba cosas simples, como dónde había dejado las llaves, y esos olvidos me avergonzaban porque mi memoria siempre había sido precisa. Daniel me aseguraba que solo necesitaba descansar más, que la edad y el cambio de vida explicaban aquel cansancio, y yo quería creerle porque creerle era más fácil que aceptar que algo andaba mal.