Al día siguiente, con el frasquito original guardado fuera de la mansión y la contraseña de los informes semanales anotada en un lugar seguro, me reuní con el doctor Reyes y con mi abogado para comparar, con calma y sin prisa, la firma del consentimiento antiguo con mi firma real. Extendimos los documentos sobre la mesa, uno junto al otro, bajo una luz clara, y observamos cada trazo, cada curva y cada pausa, como si estuviéramos leyendo dos historias distintas escritas por dos manos diferentes. Mi firma verdadera era más pausada, con la letra de quien pasó años escribiendo en pizarras y cuadernos, mientras que la firma del consentimiento parecía apresurada, forzada en algunos trazos y demasiado segura en otros. Reyes señaló las diferencias con cuidado, el abogado tomó notas precisas y yo sentí una mezcla de alivio y rabia, porque aquella falsificación confirmaba lo que ya sabía: yo nunca acepté participar en la investigación.
La bebida de cada noche