La bebida de cada noche

Me explicó que si yo dejaba de tomar la bebida, el instituto perdería la continuidad de los datos y que Isabel lo había advertido con claridad: sin resultados, sin firma y sin control, el acuerdo se rompería y su empresa quedaría expuesta a las deudas y a las presiones que lo habían empujado a aceptar aquel contrato. No justificaba lo que había hecho, pero hablaba como alguien que había ido cediendo poco a poco, primero una firma, después una dosis, después un silencio, hasta que ya no sabía cómo detenerse sin perderlo todo. Yo anotaba mentalmente cada nombre, cada fecha y cada amenaza velada, porque sabía que aquella confesión, pronunciada en la intimidad de nuestro dormitorio, podía convertirse en la prueba que me faltaba si lograba conservarla fuera de la mansión.

Fingí creerle para ganar tiempo, asentí despacio y le dije que entendía su miedo, que comprendía la presión del instituto y que juntos podríamos buscar una salida, mientras guardaba en mi memoria cada detalle que después podría entregar al doctor Reyes y al abogado. Le pedí que repitiera, con calma, quién dio la primera orden y qué pasaría si yo dejaba de tomar la bebida, porque necesitaba escuchar la cadena completa, sin interrupciones y sin ambigüedades. Daniel respiró hondo, se frotó las manos como si intentara calentárselas y comenzó a explicar, paso a paso, cómo Isabel daba las instrucciones, cómo él las recibía y cómo el instituto medía mi respuesta. Mientras hablaba, con la voz cada vez más baja, la pantalla de su teléfono se iluminó sobre la mesa y, sin que él se diera cuenta, leí con claridad: “Enviando audio y ubicación a Isabel Duarte”.Parte 9. La firma falsificada

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