La bebida de cada noche

Entonces Daniel se acercó al cajón de su escritorio, sacó el frasquito original y lo dejó sobre la mesa, entre nosotros, como si aquel pequeño objeto oscuro fuera la prueba más honesta de todo lo que había hecho. Me entregó también la contraseña de una cuenta donde se guardaban los informes semanales, escrita en un papel doblado, con una letra apresurada que no se parecía a su caligrafía habitual, y me explicó cómo entrar, qué carpetas revisar y dónde estaban los cambios de dosis. Me juró, mirándome a los ojos, que empezó a quererme de verdad cuando ya era demasiado tarde para salir del acuerdo, que el cariño no había sido fingido desde el principio, aunque el matrimonio sí hubiera nacido de un contrato. Yo escuché su juramento sin interrumpirlo, porque necesitaba que siguiera hablando, y porque una parte de mí, a pesar de todo, quería creer que en algún momento fui algo más que un sujeto ideal localizado.

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