La bebida de cada noche

Le pregunté, sin levantar la voz, desde cuándo sabía Isabel de mí, quién había elegido mi nombre y por qué yo, una maestra jubilada que vivía de una modesta pensión, me había convertido en el centro de un proyecto tan grande. Daniel bajó la cabeza y me explicó que el estudio venía de hacía más de treinta años, que mi expediente juvenil señalaba una memoria excepcional y que el instituto necesitaba conservar el patrón original antes de que fuera demasiado tarde. Sus palabras me hicieron recordar la escuela, las pruebas y las entrevistas que varias maestras recordaban, y comprendí que mi vida no había sido observada solamente durante los últimos seis meses, sino desde mucho antes de conocerlo. Me dijo que al principio creyó que se trataba de un tratamiento, de una investigación con futuro, y que solo después entendió que se trataba de control, de firmas y de una ventana que se estaba cerrando.

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