La bebida de cada noche

Daniel admitió que el instituto había presionado a su empresa, que los problemas financieros no eran un accidente y que la ayuda ofrecida por Isabel venía acompañada de condiciones que al principio le parecieron manejables. Me confesó que aceptó un contrato para casarse conmigo y administrarme el compuesto, un acuerdo que sonaba frío y terrible cuando lo pronunciaba en voz alta en nuestro propio dormitorio, y que cada semana recibía instrucciones precisas sobre la dosis. Isabel controlaba cada cambio de dosis, dijo, revisaba los informes, decidía cuándo subir la cantidad y cuándo mantenerla, y él solamente ejecutaba lo que le ordenaban, preparando mi bebida caliente cada noche y quedándose a mi lado hasta que yo terminaba la taza. Sentí náuseas al escucharlo, pero también una extraña confirmación, porque por fin las piezas encajaban: su conocimiento de mi bebida favorita, el nombre de mi primera alumna, la fotografía antigua y la etiqueta de participante de investigación.

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