La bebida de cada noche

Esa misma noche, cuando regresamos a la mansión, el silencio entre Daniel y yo era distinto, más pesado, como si la visita a la clínica hubiera roto algo que ya no podía repararse con flores, desayunos o palabras tiernas. Daniel no me preparó la bebida de inmediato, se quedó de pie junto a la ventana del dormitorio, mirando el jardín a oscuras, y por primera vez en meses no parecía el esposo seguro que controlaba cada detalle, sino un hombre acorralado por sus propias decisiones. Yo me senté despacio, sin encender todas las luces, y esperé, porque sabía que si lo presionaba demasiado cerraría la puerta que acababa de entreabrirse, y si guardaba silencio quizá él mismo terminaría confesando lo que llevaba meses ocultando. Pasaron varios minutos antes de que hablara, y cuando lo hizo su voz sonaba baja, cansada y extrañamente sincera, como si por fin hubiera dejado de ensayar.

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