Recordé entonces mi antigua escuela, el cuaderno contra el pecho en aquella fotografía de juventud, la blusa azul y la certeza de que nunca firmé para convertirme en un caso de estudio, y aquel recuerdo me sostuvo cuando la habitación empezó a parecerme demasiado pequeña. Isabel siguió hablando de mi deterioro con una dulzura profesional que me resultaba más inquietante que cualquier amenaza, porque convertía mi miedo en un síntoma y mi negativa en una prueba de que necesitaba ayuda. Yo sabía, sin embargo, que mi cansancio tenía una causa concreta, una dosis ajustada cada semana y un frasquito oscuro guardado en un bolsillo, y esa certeza era lo único que me impedía aceptar su versión de los hechos.
Me negué a firmar, con la voz baja pero firme, y le dije que no pasaría la noche en aquella sala ni aceptaría un tratamiento que yo no había solicitado. Isabel mantuvo su calma estudiada, no se enfadó ni levantó la voz, y me miró como si mi negativa fuera exactamente lo que esperaba. Se acercó a un pequeño reproductor sobre su escritorio, lo encendió sin prisa y me pidió que escuchara con atención, porque, según ella, Daniel tenía algo que decirme que cambiaría mi manera de ver la situación. Al principio solo se escuchó un silencio breve, después la respiración contenida de Daniel, y finalmente su voz, reconocible y cansada, hablando de mí como si yo no estuviera en la habitación. Isabel subió apenas el volumen, me miró fijamente y dejó que las palabras de mi esposo llenaran el despacho, sin interrupciones y sin explicaciones. En la grabación, Daniel decía, con una angustia que no pude fingir que no me dolía: “Sin la firma de Margarita lo perderé todo, incluida mi empresa”.Parte 8. La confesión de Daniel