Entonces me mostró una sala preparada para que pasara la noche en observación, una habitación silenciosa, con la luz baja y un orden que parecía más propio de un escenario que de un lugar de cuidado. Me detuve en la puerta y observé cada detalle con una atención que me dolía: una cama lista, con las sábanas estiradas y una almohada colocada con precisión, un gotero junto a la cabecera, esperando, y un formulario con mi nombre ya impreso, como si mi ingreso fuera un hecho y no una posibilidad. Isabel me explicó que aquella noche podría descansar vigilada, sin interrupciones, mientras los médicos observaban mi sueño y mi respuesta al tratamiento, y su voz sonaba tan razonable que por un instante dudé de mi propio miedo. Pero aquel formulario ya impreso me devolvió la lucidez, porque nadie prepara un ingreso con el nombre de una paciente que todavía no ha aceptado quedarse, a menos que la decisión ya esté tomada en otra parte.
La bebida de cada noche