Después me presentó un nuevo consentimiento, un documento pulcro, con letra clara y espacios en blanco esperando mi firma, y me lo entregó como si fuera un trámite sencillo para recibir ayuda. Me insistió en que firmar era el paso necesario para que el tratamiento comenzara y para que mi descanso mejorara, y repitió varias veces que todo se haría bajo control médico y con el apoyo de Daniel. Yo leí cada línea despacio, aunque mis manos temblaban, y sentí que aquel papel no era una invitación, sino una trampa cuidadosamente redactada. Le dije que necesitaba tiempo, que quería leerlo en casa y consultarlo con calma, pero Isabel respondió que el tiempo era precisamente lo que no debíamos perder, porque mi cansancio, según ella, era solo el inicio de un deterioro que debía tratarse cuanto antes. Su tono no subió, pero su insistencia se volvió más firme, y comprendí que no me estaba ofreciendo una opción, sino empujándome hacia una decisión ya tomada por otros.
La bebida de cada noche