La bebida de cada noche

Una tarde tranquila, ya en mi cocina, decidí preparar mi bebida sin prisa y sin nadie que me observara. Elegí la taza que más me gustaba, calenté el agua con calma y dejé que el aroma llenara la casa como un recuerdo amable. Me senté junto a la ventana, sostuve la taza con ambas manos y pensé en todo lo que había atravesado para volver a ese gesto sencillo. No había frasquitos oscuros, ni instrucciones secretas, ni miradas pendientes de mi último sorbo. Preparé mi propia bebida caliente en mi cocina, la bebí despacio y volví a recordar, con claridad, el nombre de mi primera alumna.

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