La bebida de cada noche

Meses después, volví como voluntaria a mi antigua escuela, el lugar donde todo había empezado más de treinta años atrás. Caminé por el patio con una mezcla de nostalgia y serenidad, y saludé a colegas que me recibieron sin preguntas incómodas. Volví para estar entre libros y voces jóvenes. La escuela olía a tiza y a papel, como antes, y esa familiaridad me hizo bien. Yo ya no temía a la noche, porque la noche había dejado de ser el momento en que otros decidían por mí.

En la escuela ayudaba a los niños con la lectura, sentada a su lado, señalando cada palabra con paciencia y celebrando cada avance pequeño. Les enseñaba a sostener el lápiz, a respetar los signos y a no tener miedo de equivocarse, porque equivocarse también era aprender. Sus preguntas y risas llenaban el espacio que el miedo había ocupado durante meses. Entonces entendía que mi memoria, dañada y recuperada, seguía siendo un puente entre lo que fui y lo que aún podía dar.

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