La bebida de cada noche

El instituto fue clausurado, y sus puertas, que durante años ocultaron un proyecto disfrazado de ciencia, quedaron bajo control judicial. Las demás personas captadas quedaron bajo protección médica, con seguimiento, análisis y acompañamiento para evaluar si también habían recibido el compuesto. Yo pensé en ellas muchas veces, en sus casas y en sus rutinas, y esperé que la intervención llegara a tiempo para todas. El doctor Reyes coordinó parte de ese seguimiento, y mi abogado se aseguró de que los expedientes no volvieran a manos privadas. Cerrar el instituto no era solo castigar un lugar, sino impedir que el patrón se repitiera.

Paralelamente, obtuve el divorcio y recuperé el control total de mis decisiones, sin poderes, sin firmas ajenas y sin autorizaciones que pudieran usarse contra mí. Firmé los documentos con mi propia mano, despacio, consciente de cada palabra, y guardé una copia en un lugar que solo yo conocía. La mansión dejó de ser un escenario de vigilancia y volvió a ser una casa que podía habitar según mi voluntad. Elegí una vida más sencilla y tranquila. Mi nombre, mi salud y mi futuro volvieron a pertenecerme por completo.

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