Con la recuperación y las pruebas incautadas, el proceso judicial avanzó con una solidez que antes parecía imposible. Los informes semanales, los contratos, las dosis y las grabaciones formaron una cadena que ni Isabel ni Esteban pudieron romper. En el juicio se demostró que el estudio era ilegal, que mi consentimiento había sido falsificado y que el compuesto se administró sin mi conocimiento. Isabel mantuvo su calma hasta el final, pero los documentos hablaban con más claridad que sus explicaciones. Esteban, que había dirigido el proyecto desde la sombra, tampoco pudo presentar una autorización válida para lo que había hecho.
Isabel y Esteban fueron condenados por el estudio ilegal, y la sentencia reconoció el daño causado a mi salud, a mi libertad y a mi memoria. Daniel recibió una condena menor por colaborar y entregar los informes semanales, una decisión que entendí aunque no me devolviera los meses perdidos. Su colaboración había ayudado a encontrar el archivo y el antídoto, pero no borraba el contrato que aceptó ni las noches en que me entregó la taza. Yo escuché la sentencia en silencio, sin triunfo y sin venganza, solo con la certeza de que la verdad había quedado escrita. La justicia no me devolvía el tiempo, pero me devolvía el derecho a decidir.